Decidieron jugarle una mala pasada a Narciso.
Estaban harto de que se pasara la vida mirándose, sin dar palo al agua.
Si Narciso hubiera dado palo al agua, es decir, si hubiera golpeado el agua con el palo, su reflejo se habría deformado y habría ondulado conforme los remolinos de agua formaban círculos concéntricos cuyos diámetros crecían y crecían, círculos que habrían propagado los reflejos de Narciso hacia los bordes del lago, duplicándole hasta el casi infinito, diluyendo los contornos de sus exquisitos rasgos en aguas turbulentas.
Narciso no quería que sus rasgos se volvieran borrosos. Quería contemplar la realidad de su propia belleza tal como estaba. Quizás por eso su inconsciente le incitaba a la tranquilidad, pidiéndole en secreto que no moviera el agua.
Decidieron jugarle una mala pasada y por efecto de magia cuyo truco no están dispuestos a revelarnos (ya que no se acuerdan de él) transformaron la superficie en un espejo sin azogue, quedándose ellos el privilegio de ver sin ser vistos.
Nada más inclinarse, como cada madrugada, sobre el lago, Narciso sintió terror. ¡No tenía reflejo!
¿Se había convertido en un vámpiro? En vez de una cara perfecta, el lago no reflejaba nada, el lago reflejaba LA nada. Sobreponiéndose al pánico, Narciso se frotó los ojos, pensando que el sueño se quedaba con él y hacía que confundiera las pesadillas con la realidd. De nada sirvió. Tras pellizcarse la mejilla una y otra vez para intentar despertar, Narciso soltó un grito de dolor. No sólo se había lastimado la piel al torcerla con tanta fuerza sino que se había dado cuenta de que estaba despierto, no le cabía ninguna duda, estaba la mar de despierto y la noche le había borrado el reflejo.
Narciso no era un ser de sangre fría, sólo intenta convencerse de que la sangre que le corría en las venas era azul, azul príncipe. Por eso, quizás, perdió los estribos.
En un intento desesperado para cambiar de realidad, se puso a hacer unas patéticas muecas, cada cual más fea, en la superficie del lago. Nada. Absolutamente nada. Había perdido su reflejo de una vez por todas.
Aunque se diera por vencido, siguió haciéndose muecas en vano durante horas. Lo intentó todo, imitando a los malos payasos y los niños caprichosos. Abrió desmesuradamente los ojos mientras se metía los dedos en la boca para llevarse la comisura de los labios hacia los oídos, frunció el cejo con tanto empeño que le salieron arrugas en la frente en un par de minutos, gritó, lloró, suplicó, escupió, se llevó las comisuras de los labios para abajo, hacia el mentón como si parodiara la tristeza. Se estiró los ojos hacia las sienes para hacerse el chinito, hizo ademán de limpiarse la boca con enjuague bucal, hinchó las mejillas y luego las hundió, otro y otra vez. Nada.
Nada. Narciso no consiguió nada. No consiguió nada desde su punto de vista, desde el lado oscuro del espejo sin azogue. No consiguió lo esencial, lo único que valiese la pena: recuperar su propio reflejo.
Pero sí consiguió algo, a su pesar.
Consiguió que los peces listos que le habían jugado una mala pasada al transformar el lago en un espejo sin azogue se deleitaran durante unas horas con sus ridículas muecas.
Desde tiempo inmemoral de pez, no se acordaban de haberse reído tanto. Y como la memoria del pez es muy corta, los peces del lago rieron una y otra vez de las mismas muecas de Narciso, pues no se acordaban de que las habían visto unos minutos antes.
Algunos peces se ahogaron de risa, pobres de ellos. Pero la mayoría de ellos habrían podido seguir riéndose durante días… si Narciso, vencido por la desesperación, no hubiera decidido poner un punto final a su nueva vida sin reflejo.
Cuando los peces dejaron de reírse por falta de muecas ajenas, pudieron por lo menos devorar el cuerpo de un hombre joven y guapo.
Y como eran muy olvidadizos, no se acordaron de que habían cambiado la naturaleza del lago.
Desde entonces corre la leyenda de un lago que transforma en vampiro a cualquier persona intente mirarse en él.